Tres Tantos de un Mismo Tenor

En el mundo de la construcción, cada proyecto es una sinfonía que necesita muchos instrumentos afinados. Es común escuchar frases que enfrentan al albañil con el ingeniero o que minimizan el rol del arquitecto, como si fueran piezas separadas dentro de un mismo proceso. Pero no lo son. Cada uno representa un tono distinto en una misma melodía, con funciones específicas que, al unirse, hacen posible que un edificio, una carretera, una escuela o un hospital se materialicen de forma segura, eficiente y funcional.

En un proyecto de construcción, todo comienza con una necesidad concreta. Esa necesidad puede surgir de una familia, una empresa, una comunidad o una institución pública. Pero esa necesidad no se traduce inmediatamente en concreto y acero. Primero debe transformarse en un documento técnico inicial llamado anteproyecto, una etapa fundamental que muchas veces pasa desapercibida por quienes solo ven el proceso constructivo desde la obra.

El anteproyecto no es un plano ni un presupuesto, sino un estudio base donde se recoge la información más esencial: un resumen ejecutivo, una identificación del problema, el diagnóstico de la situación actual, los objetivos generales y específicos, una matriz de alternativas, la matriz de marco lógico, una justificación técnica y social del proyecto, y los resultados esperados. Esta etapa busca determinar si lo que se necesita realmente puede y debe hacerse.

Una vez aprobado por las instancias correspondientes —que pueden incluir entes gubernamentales, consejos de inversión o juntas directivas privadas—, se autoriza la siguiente fase: el estudio técnico de diseño. Allí entran en escena ingenieros civiles, estructurales, eléctricos, hidrosanitarios, especialistas en geotecnia, topografía, hidrología, geología, arquitectura, entre otros, dependiendo de la magnitud y complejidad del proyecto.

Durante esa etapa se recopilan todos los datos del entorno físico y urbano, se estudian los materiales disponibles, se analiza si ciertos componentes deben importarse, se identifican posibles proveedores y se hacen múltiples reuniones técnicas. Es un proceso largo, técnico, exhaustivo. Se generan planos borradoresmodelos preliminares, se proponen alternativas, se evalúan costos, se comparan sistemas estructurales, y se realizan varias revisiones interdisciplinarias antes de llegar al primer diseño funcional. Aún en ese punto, nada es definitivo.

Luego se realiza una estimación global: cantidades de materiales, tiempos de ejecución, recursos humanos necesarios, cronogramas, presupuestos preliminares, entre otros. Y con esa información se presenta el proyecto a la mesa directiva de inversionistas o financiadores para su evaluación. Con su aprobación se inicia la licitación, donde varios contratistas compiten por ejecutar el proyecto. A ellos se les entrega información técnica privilegiada bajo confidencialidad.

Cuando un contratista gana la obra, comienza la ejecución. Pero no es una ejecución libre: el proyecto está supervisado por aquellos mismos profesionales que lo diseñaron. Aunque el arquitecto o el ingeniero estructural visiten la obra una vez por semana, no es por desinterés, sino porque su rol no es medir el rendimiento de un albañil, sino garantizar que el conjunto avance conforme al diseño.

Es allí donde suele surgir la confusión. El maestro de obra, los albañiles, los carpinteros, los soldadores y demás trabajadores sienten, con razón, que sin ellos no habría construcción. Y es verdad: ellos son la fuerza de la ejecución. Pero también es cierto que sin diseño, sin estudios técnicos, sin planificación previa, no habría nada que ejecutar. No habría proyecto.

Hay quienes critican que el ingeniero o el arquitecto supervisor solo aparece una vez por semana o no interactúa con los trabajadores. Lo que no se ve es que ese profesional ya hizo su parte antes, y continúa supervisando decenas de variables que no se reducen a la observación directa del rendimiento del personal. Su labor sigue viva, desde la oficina o desde las revisiones técnicas, con una carga mental constante. Además, los contratistas y su administración tienen la responsabilidad de organizar el avance diario, resolver conflictos en campo, coordinar logística y cumplir con los tiempos y especificaciones técnicas, bajo la vigilancia del cliente.

En toda esta cadena, cada eslabón es crucial. El error está en convertirla en una competencia de egos: “yo sé más”, “yo trabajo más”, “sin mí esto no camina”. Lo cierto es que el proyecto solo avanza cuando todos hacen su parte con responsabilidad. Lo que menos importa debería ser quién parece más importante, y lo que más debería preocuparnos es que la estructura sea segura, funcional y de calidad.

Un proyecto es tan fuerte como su eslabón más débil. Y ese eslabón puede estar en cualquiera de los niveles: en un mal cálculo, una mala ejecución, una omisión en supervisión, una mala planificación logística. Cuando ese eslabón falla, hay dos opciones: se refuerza, o se cambia. La responsabilidad es compartida, desde la oficina hasta el campo. Todos deben responder por la parte que les toca.

He visto proyectos donde el ego de uno solo saboteó el esfuerzo de todos. También he visto obras donde cada quien respetó su rol, se comunicó con claridad y el resultado fue impecable. Lo importante es entender que nadie puede cargar con todo, pero todos pueden sostener el mismo objetivo si cada pieza del sistema funciona como debe.

Si dejáramos de preguntarnos quién es más o menos, y empezáramos a preguntarnos cómo mejorar juntos, el ambiente de obra sería otro. Sería más eficiente, más profesional, más humano. Y sobre todo, más seguro.

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